Deberes, ¿sí o no?

Los viernes son sagrados. Sushi, sofá, manta y peli. O lo que se tercie. Hace un mes aproximadamente seguíamos nuestro clásico ritual y después de pedir sushi empezamos a zapear para ver qué podíamos ver ese viernes. Teniendo todas las series bajo control y ninguna película especialmente en el tintero, decidimos ver qué nos ofrecía el nuevo canal de Movistar.

Había un documental sobre educación. Decidimos darle una oportunidad y no nos equivocamos, ya que nos enganchó hasta el final. A pesar de no ser un documento con grandes pretensiones, conseguía que el espectador se quedase con un “run-run” dando vueltas en su cabeza. La periodista contaba con la presencia de dos mujeres, una educada en una escuela “tradicional” y la otra en una escuela “moderna”. A lo largo del reportaje la periodista visitaba junto a la mujer educada en la escuela “tradicional” varios centros “modernos”, donde hablaban con docentes, alumnos y alumnas y padres y madres para entender mejor sus métodos educativos. Así, la periodista hacía lo propio con la mujer educada en la escuela “moderna” en varios centros “tradicionales”. Fue muy interesante conocer los puntos de vistos de los implicados e implicadas, así como ver la reacción de las dos mujeres al descubrir algo desconocido para ellas hasta entonces.

Cuando finalizó el reportaje mi pareja y yo estuvimos hablando durante un buen rato de los pros y contras de cada sistema. Para nosotros, que somos alumnos de escuela “tradicional”, nos resultaba muy exótico que los alumnos y alumnas no recibieran calificaciones numéricas o que los críos pudieran pasar horas y horas en el patio jugando y construyendo cabañas en lugar de avanzar en los contenidos que marca el currículo escolar de cada nivel.

Nos llamó la atención que en la guardería mostraran a los bebés que no conseguían sostenerse bien en el suelo láminas con personajes ilustres. Mi madre, que es maestra, nos aclaró que se tratan de bits de inteligencia, un método muy corriente de estimulación temprana basado en la visualización y escucha repetitiva de ciertas unidades visuales de información. Por su temprana edad los bebés no sabían decir papá ni mamá, pero sabrían quien es Van Gogh o Tolstoi, por lo que pudimos ver en el documental.

En otra de las escuelas “modernas” que visitaron en el reportaje, un grupo de niños y niñas llevaba varias jornadas en el jardín construyendo su propia cabaña para jugar. La maestra aclaraba que detrás de la inocente idea de hacer esta construcción, los docentes aprovechaban para transmitir conocimientos a sus alumnos y alumnas de manera más sencilla, ya que eran los propios estudiantes los que pedían esta información. Así, requerían de conocimientos matemáticos para elaborar los cálculos necesarios para elaborar esta pequeña cabaña y de conocimientos lingüísticos suficientes para ponerlo por escrito y llevarlo a cabo.

Al principio estaba entusiasmada con algunas de las ideas. Sin embargo, al rato me sentí defraudada y enfadada. Sentía que este sistema solo estaba al alcance de unos pocos privilegiados y privilegiadas cuyos padres y madres podrían pagar estos centros y podrían apoyarles económicamente si fallaban al incorporarse al sistema tradicional en la formación profesional o en la universidad. Por no hablar de la vida laboral, donde uno no puede elegir en cada momento lo que más le apetece hacer.

Con toda esta información rondando en mi cabeza llegué a mis clases de francés en Bruselas. Curiosamente la profesora nos había preparado un dosier para trabajar durante la primera semana el sistema educativo actual. En él se analizaba la presión a la que están sometidos la mayoría de los estudiantes en Europa.

Recuerdo la angustia que suponía para mí sacar una mala calificación en un examen. Todo por la absurda presión del sistema- de la que padres, madres y profesores participan- y hacen creer al alumno o alumna que si fracasa en un examen, en una asignatura o en un curso, fracasará en la vida.

Según los expertos franceses el estrés escolar está convirtiéndose en una auténtica epidemia por miedo a un fracaso social a largo plazo. Este problema se ve alimentado por la presión social debido a la importancia de entrar en una universidad determinada, ser admitido en ciertas empresas para realizar prácticas o desarrollar una carrera profesional preconcebida. Planes muy bien orquestados que no siempre son fáciles de llevar a cabo.

Con el despertar de la globalización económica se ha instalado en nuestra sociedad un sentimiento de competencia feroz para alcanzar nuestros objetivos. Son muchos los padres y madres que buscan fuera de las escuelas un medio para ampliar los conocimientos de sus pequeños y pequeñas para mejorar sus aptitudes. Para ello, por supuesto, están las clases particulares y los coach personales para orientar a los estudiantes. Un apoyo externo al que no todas las familias pueden acceder. Curiosamente esto no ocurre en países donde el nivel de confianza en el sistema educativo es elevado, como el caso de Finlandia. Con todo esto vamos de forma irremediable hacia una privatización del sistema educativo, donde solo las familias con recursos económicos podrán llegar de forma satisfactoria.

Véronique Radier, encargada de Educación comparada para la UNESCO, subraya que los padres y madres deberían de ser conscientes de que muchos niños europeos son sometidos a una mayor presión que muchos adultos. La experta aconseja que los críos tengan tiempo para ser niños. Así, Radier cuestiona la necesidad de que después de la jornada en la escuela los estudiantes dediquen sistemáticamente dos horas a hacer deberes y dos horas a actividades extraescolares. Por no hablar de Corea del Sur, donde los niños y niñas tienen una media de 60 horas con clases- oficiales y extraoficiales- semanalmente. Este país se encuentra en una de las primeras plazas del famoso Informe PISA. También se encuentra a la cabeza su tasa de suicidios de jóvenes.

En la actualidad los padres y madres están exigiendo en España que se acaben los deberes. Sin embargo, ¿son los deberes los únicos causantes del fracaso escolar en nuestro país? Nadie parece especialmente preocupado por la conciliación laboral ni por las jornadas maratonianas de los padres y madres de los niños y niñas, lo que hace que las dos partes acaben viéndose-y conversando- tan solo a la hora de la cena. Ni de la angustia que supone para los niños y niñas que todo se tenga que medir numéricamente, en apto o no apto, y que se determine si un niño es mejor o peor en función de si tiene capacidad para aprenderse de memoria todas las capitales del mundo en un mes.

Tampoco habla nadie de la tendencia de algunos padres y madres de convertir sus sueños en realidad a través de sus hijos e hijas, como apunta el psiquiatra infantil Marcel Rufo. De la fuerte presión que ejercen para que su hijo sea el mejor portero del mundo, su hija la mejor pívot o sus fantasías profesionales truncadas se hagan realidad a través de sus pequeños y pequeñas.

Personalmente considero que los deberes son necesarios para fortalecer los conocimientos que los alumnos y alumnas han adquirido a lo largo del día. Sin embargo, veo innecesaria la cantidad de tareas que tenía en mi etapa educativa. Está bien que los niños y niñas asuman responsabilidades, pero también es importante que disfruten de su niñez. Así, creo que los padres y madres deberían de plantearse su actitud frente a la educación y formación de sus hijos e hijas antes de iniciar una guerra en contra de los deberes.

No sé si el sistema educactivo “tradicional” está desfasado. Tampoco si el sistema educativo “moderno” es la solución. Probablemente ninguno de los dos sea la respuesta a los problemas actuales. Sin embargo, de lo que sí estoy convencida es de que algo falla en el momento en que un niño o niña siente que está fracasando si recibe una mala calificación. Y creo que es labor del Estado, de la comunidad educativa y de los padres y madres hacer que esto cambie.

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